Entre el Papa y Bergoglio

Papa Francisco (Archivo).

Los tironeos por las fotos provocaron ya en 2015 una primera reacción de Bergoglio. En una entrevista con la televisión mejicana, afirmó: “A veces yo me he sentido usado por la política del país. Quiero contestar abiertamente, aunque me podría traer algún problema personal en mi país”.

Los fue saludando uno a uno. Estaban mezclados. Obispos argentinos, curas, religiosas, familiares, amigos y periodistas.

Era la media mañana del miércoles 20 de marzo de 2013 en una de las salas del Vaticano. No había pasado siquiera un día desde que había oficiado en San Pedro la misa de inauguración de su pontificado, el 266° en la historia de la Iglesia Católica.

Con seguridad, desde que a las 19.06 del 13 de marzo anterior la quinta ronda de votaciones del segundo día del cónclave de los cardenales lo ungió papa, Jorge Mario Bergoglio se dio cuenta de que ya no le sería fácil volver a la Argentina.

“Recen por mí. Ustedes me pusieron aquí y ahora se van y me dejan solo”, le dijo a este periodista cuando le tocó el turno en la larga fila para la despedida.

La condición de obispo de Roma en general coloca a los pontífices por encima de sus países de origen. Pero, desde luego, eso no corta los vínculos.

En seis días, la reaparición de las acusaciones por la supuesta pasividad de Bergoglio ante la desaparición de los curas jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics durante la dictadura argentina tuvo un fuerte impacto fronteras adentro, pero no provocó sacudón alguno por fuera.

De hecho, personalidades argentinas como el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel y Graciela Fernández Meijide salieron a diferenciarlo de otros obispos sobre los que sí pusieron sospechas de connivencia con el régimen militar.

Agotada fugazmente esta polémica, comenzó una carrera por la foto con el Papa. Desde la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la primera autoridad en visitarlo el 19 de marzo, pasando por católicos anónimos, miles se acercaron a la Plaza de San Pedro o pugnaron por boletos para la audiencia de los miércoles.

Los políticos, desde luego, no estuvieron ausentes. Revisar el archivo del diario oficial vaticano L’Osservatore Romano permite encontrar miles de imágenes, casi todas de rostros desconocidos frente al Papa.

Pero también aparecen políticos, sindicalistas, miembros de la sociedad civil de toda ideología y origen. Nadie, por cierto, volvía con mensajes del Papa. Ni siquiera sus más cercanos.

Bergoglio no necesitaba voceros. Más aun, él mismo se encargaba de responder por escrito o llamar por teléfono a quienes les pedían ayuda a través de la oración por un mal trance.

Pero, por cierto, muchos querían ser los portavoces del Papa. Ignorar que hubo una utilización política de la cercanía con su figura sería un error.

También fueron objeto de interpretación los envíos de rosarios. Un caso paradigmático ocurrió en marzo del año pasado, cuando Gustavo Vera, legislador porteño muy cercano a Bergoglio, visitó a Milagro Sala en Jujuy, donde está detenida por los supuestos delitos de extorsión, asociación ilícita y fraude a la administración pública, y le entregó un rosario que fue, según dijo, enviado por el Papa.

“Es probable que lo haya mandado. De hecho también hubo una carta manuscrita para ella diciéndole que la acompaña con la oración. ¿Qué otra cosa podía hacer?”, destacó un religioso argentino con acceso al Papa.

PRIMER PLANO. El papa Francisco en su laberinto argentino

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El tironeo de las fotos

Los tironeos por las fotos provocaron ya en 2015 una primera reacción de Bergoglio. En una entrevista con la televisión mejicana, afirmó: “A veces yo me he sentido usado por la política del país. Quiero contestar abiertamente, aunque me podría traer algún problema personal en mi país. Pero simplemente cuento lo que ha pasado”.

Continuó: “Yo sé que mucha gente, sin quererlo, la mayoría, algunos queriendo, usan su venida acá (al Vaticano) o una carta mía o un llamado. Hay gente a la que llamo y nunca abre la boca. Y he llamado y nunca lo dijo, ¿no? Enfermos, o he mandado una carta y nunca la publicaron, otros sí. Pero si siento que debo hacer algo, lo hago y corro el riesgo. Y bueno, ¡qué va a hacer!”.

El caso más conocido del uso político de la imagen del Papa ocurrió en 2013, cuando durante la visita del Pontífice a Brasil, la entonces presidenta Fernández de Kirchner acomodó a su lado al bonaerense Martín Insaurralde, entonces candidato, para que apareciera retratado con Bergoglio.

Luego, esa foto se utilizó en afiches de propaganda política en las elecciones que Insaurralde perdió con Sergio Massa.

Hoy la discusión gira en torno de las razones por las cuales el Papa no visita la Argentina, pese a que lleva media docena de viajes a Latinoamérica.

Ninguno de ellos estuvo exento de polémica, que gira en general hacia la atención a las víctimas de abuso por parte de curas pederastas.

La Argentina, en cambio, discute sobre la ideología del Pontífice.

Pretender que puesto en jefe de la Iglesia Católica, el otrora arzobispo de Buenos Aires perdió los lazos con sus raíces es una ingenuidad.

Que no quiere ni puede venir hasta que se cierra la grieta en torno de su figura quedó claro en el último documento del Episcopado: el aporte del Papa a la realidad del país “hay que encontrarlo en su abundante magisterio y en sus actitudes como pastor, no en interpretaciones tendenciosas y parciales que sólo agrandan la división entre los argentinos”.

El ánimo polemizador que el Pontífice suele atribuir muchas veces a sus compatriotas lleva a muchos a confundir al Papa con Bergoglio. Pocas veces para bien, claro.

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El texto original de este artículo fue publicado el 13/01/2018 en nuestra edición impresa. Ingrese a la edición pdf para leerlo igual que en el papel.
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